Entrevistamos a Pablo Escudero Abenza, autor de “La habitación de las niñas”

Nacido en Orihuela en 1984, Pablo Escudero Abenza es Licenciado en Física, con la especialidad en Física Fundamental por la Universidad Complutense de Madrid. Es profesor de Matemáticas, editor de libros de texto y estadístico del Estado (en excedencia). Vive en Oviedo con su mujer y sus dos hijos. Lector voraz y cinéfilo, escribe desde hace ya muchos años y ha obtenido más de cincuenta premios literarios. Es autor de cuatro libros de relatos: Beber durante el embarazo (2015), Desórdenes (2016), Exhibición de interiores (2020) y Las medallas de mercurio (2021); dos novelas: Mil dolores pequeños (2016) y ¡En el rincón de la derecha, con catorce derrotas, doce de ellas por KO, con calzón negro, guantes naranjas, ochenta kilos y vista cansada! (2018) y la obra de teatro Cuatro rosas (2025). Lector de novela negra desde la adolescencia, admira a Jim Thompson y peregrinó hasta la tumba de Chester Himes en Alicante. La habitación de las niñas, su primera novela negra, publicada por Editorial EDAF, ha sido galardonada con el XXIX Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe 2025.

Háblanos de tus referentes literarios y de tus inicios como escritor. ¿Prefieres relato corto o novela?
Mis inicios como escritor están ya muy lejanos y supongo que por ello desdibujados. Era un adolescente no diré que inadaptado, pero poco adaptado, que leía mucho y pensaba en crear algún día sus mundos. Aunque a la escritura como tal llegué un poco más tarde, en torno a los veinte años. Y sigo en ello. Es el mejor trabajo del mundo, la pena es tener que combinarlo con otros trabajos que paguen facturas. Fui un niño que leyó todos los clásicos esperables, con especial cariño por Sherlock Holmes, y fui subiendo de ahí. El gran impacto me llegó un poco antes de los veinte años con Ray Loriga, Paul Auster y Roberto Bolaño. Leyéndolos a ellos es cuando pensé que yo también quería escribir. Desde entonces, algunos se mantienen como referentes y han ido creciendo otras referencias, Franz Kafka quizá el primero, Raymond Carver, pero también Philip Roth o Carson McCullers, por citar algunos. En el género negro, adoro a los clásicos más poéticos, como Raymond Chandler y Ross MacDonald, y me gustan también los más directos y de acción, como Chester Himes, Jim Thompson e incluso Elmore Leonard, no siempre bien considerado. De esa peculiar mezcla sale La habitación de las niñas.
En cuanto a si prefiero el relato o la novela, la verdad es que el cuento es mi gran amor y siempre va a salir ganando en una comparativa. Pero a mí lo que me gusta es contar historias, y cada una te dice qué formato le va a ir mejor, sea un relato, una novela o una obra de teatro, y hay que estar atento para escuchar esa sugerencia de la propia historia.

Mil dolores pequeños (2016) y ¡En el rincón de la derecha, con catorce derrotas, doce de ellas por KO, con calzón negro, guantes naranjas, ochenta kilos y vista cansada! (2018) son tus dos primeras incursiones en la novela. ¿En qué género literario las incluirías? ¿De qué querías hablar?
Son novelas que supongo llamaríamos literarias, sin otro apellido. Las dos tienen un punto en común, que es el tratamiento de la memoria. La memoria es una de las principales fuentes de las que nos podemos alimentar quienes escribimos. Y una pequeña obsesión mía. En Mil dolores pequeños intento ponerme en la mente de alguien que está intoxicado literalmente de memoria, porque es incapaz de olvidar nada, y eso te reventaría la cabeza, y ¡En el rincón…! es una novela que se interesa más por la memoria social, por la memoria compartida. Habla de pequeñas historias en el Madrid de la Movida, pero en un Madrid de segunda escala, que no sale en ninguna canción ni película ni documental. En el fondo, y pensando ahora en La habitación de las niñas, creo que esta también apunta mucho al ejercicio de memoria y de reivindicación de lo que el jurado del premio definió como los olvidados.
La habitación de las niñas, primera novela negra y Premio de Novela Ciudad de Getafe 2025. ¿Cómo recibiste la noticia? ¿Esperabas este premio?
Desde luego no me lo esperaba, porque como bien dices era mi primer acercamiento al género, había tenido algo de experimento por mi parte y es un premio con tradición (29 ediciones), una considerable dotación económica (10.000 euros) y una participación alta (más de 230 novelas este año). Lo mandé pensando en que la novela se fuera paseando, pero ni mucho menos considerando que era una apuesta segura. Y estaba en el cine cuando me llamaron, viendo una película con los niños. Noté vibrar el teléfono y ni caso, pensé que era cualquier spam. El número insistió dos o tres veces más, y ya fuera del cine contesté al ver que era el mismo y era Sara Hernández, la alcaldesa de Getafe, para comunicarme la noticia. Una sorpresa y un alegrón.

La novela sitúa la acción en 1993, en un pequeño pueblo situado al sur de la provincia de Alicante. ¿Por qué esa zona y esa época, inmediatamente anterior a la irrupción de Internet y las redes sociales?
La novela se sitúa en Orcelis, que es un trasunto de Orihuela, que es la ciudad de donde yo vengo. Me interesaba quizá no tanto reconstruir Orihuela como construir una Orcelis que tuviera elementos comunes con la realidad, pero también mucho de leyenda, de información mal entendida, y creo que nunca la información se convierte tanto en leyenda como en la infancia, y por eso lo llevé a los años de mi infancia. Y me interesaba poder trabajar esa zona por lo que tiene de terreno fronterizo, acercarme a las películas americanas donde alguien tiene que cruzar la frontera y esconderse en México y todo eso.
¿Cómo se gestó la historia? ¿Decidiste el título, la trama y el final antes de empezar a escribir? Cuéntanos cual fue tu método.
La verdad es que no hubo realmente un método. Aunque un método facilita el trabajo, a veces también te puede asfixiar un poco y le quita la magia al trabajo de escritura. La idea inicial fue para mí la de la situación de Gloria y quién acudiría a su rescate. Como nunca había escrito una historia larga de género negro, pensé que me ayudaría planificar todo y lo hice como si fuera a ser un guion de cine, por escenas. Eso me ayudó a arrancar, pero para cuando Gloria y Germán huyen de Orcelis ya había cambiado bastante todo. Y fui siguiendo la intuición hasta el final. Es más divertido que saber ya cómo va a terminar todo. Luego lo que sí hay es mucho trabajo de edición, de poda, de analizar incoherencias y ajustar la novela, por supuesto. La escritura fue relativamente rápida, la reescritura mucho más trabajosa. Y el título… suelo poner los títulos al final, cuando ya tengo el texto bastante acabado, buscando algún concepto en su interior que le dé un significado más o menos global.

La habitación de las niñas es una novela coral con muchos personajes, entre los que destacan el secretario de juzgado Germán Calderari, su hermana gemela Lupe, su sobrina Gloria y la inefable Kimberly. ¿Qué puedes contarnos de cada uno de ellos? ¿Tienes algún favorito?
Germán es el chico responsable, el que siempre ha hecho lo que debe y nunca se ha salido del carril. Cree que, manteniéndose al margen, nada malo le puede pasar, pero se encuentra con que eso no funciona así, a veces te llegan los efectos de todo lo malo que hay en el mundo, aunque quieras estar al margen. Lupe, su melliza, optó por salirse de todos los patrones de la época y acabó viviendo en la marginalidad. Gloria es una niña sin suerte. Todas las cartas le han ido siempre saliendo malas, empezando por esos padres que no supieron atenderla, y tiene que encontrar refugio en Germán, su tío, un hombre que vive acostumbrado a preocuparse nada más que por él mismo. Gloria podría ir de víctima, pero no quiere ser nada más que una víctima, quiere tomar la iniciativa de su vida, y quizá por eso sea mi preferida. Y Kimberly… bueno, hay que conocerla.
Germán Calderari es aficionado al futbol y sufre con las derrotas de su equipo favorito. ¿Le ocurre lo mismo a Pablo Escudero?
Pues la verdad es que no. Creí que era algo que humanizaba a Germán, que tiene tendencia a ser muy aséptico, un poco anodino, como si no sintiera pasiones. Pero como decían en El secreto de sus ojos, todo el mundo tiene una pasión que no puede refrenar, y al igual que en esa película, para Germán también es el fútbol. Va con el equipo que más gana, el Real Madrid, pero sufre porque le pilla una época en la que hay otro equipo más poderoso, el Milán, que les tiene cogida la medida. Y eso también es de alguna manera metafórico, como la idea de quedarse en fuera de juego.

En La habitación de las niñas el lector encontrará referencias al sistema judicial y a los servicios sociales de atención a la infancia desatendida, así como a las diferentes alternativas, entre las que se cuentan las familias de acogida. ¿Cómo ha sido el proceso de documentación? ¿Crees que deberían introducirse más controles en este proceso para prevenir abusos hacia los menores?
No estoy preparado para decir en qué falla el sistema, sinceramente. Lo que sí sé es que falla. La novela, la historia inicial que a mí me viene a la cabeza, es la de Gloria, una chica que está dentro del sistema de servicios sociales y aun así sufre abusos. Había escuchado historias sobre abusos de menores que estaban tuteladas por servicios sociales y quise saber cómo sería la situación hace treinta años. Lógicamente, la cosa era aún peor. No sé decirte en qué debe mejorar el sistema, pero me escandaliza que pasen cosas así aún hoy. Es terrible que el estado decida retirar custodias, hacerse cargo de menores, y no sea capaz de garantizarles las mejores condiciones. Debería dolernos como sociedad, y creo que no le prestamos suficiente atención.
Lupe y Germán, dos hermanos gemelos, educados por los mismos padres, encaminan su vida de forma muy diferente. ¿Te has inspirado en casos reales?
Bueno, no es una inspiración, pero todos sabemos que son cosas que pasan. Como padre te planteas siempre si lo que haces está bien, si es lo mejor para tus hijos. Y hay que ser consciente de que tus hijos no son iguales, y no necesitan lo mismo unos que otros. No creo que fueran inspiración directa, pero sí conozco casos de familias donde cada hijo ha tomado un camino muy diferente, hay rupturas, y los padres se quedan preguntándose en qué fallaron. Muchas veces se dicen que les dieron lo mismo a todos y el resultado fue tan distinto. Y quizá esa es la clave, no tratar igual a quienes son diferentes. Cuando trabajas de profesor también lo ves pronto.

Los automóviles están presentes en La habitación de las niñas, desde el Renault Fuego, de Germán Calderari, hasta el Ford Sierra de la Kimberly, pasando por el ostentoso Ferrari rojo de Costa, el abogado corrupto. ¿Qué papel juegan los coches en la trama de esta adictiva novela negra?
Son parte de la personalidad de los personajes. Germán, como decíamos, es un chico correcto, poco dado a los excesos. Este coche fue como su capricho. Pero es un capricho pequeño, nada comparado con la necesidad de ostentar de Costa, que fue su compañero de estudios. Y Kimberly, precisamente porque es un personaje de por sí muy llamativo, quizá exigía un coche funcional, normalito, que le sirviera para moverse y no hacerse notar.
La música también acompaña a nuestros protagonistas, como un personaje más. Hablamos del rock alternativo representado por la irlandesa Dolores O’Riordan, pero también del bolero y música tropical de las cantantes cubanas Celia Cruz y La Lupe. ¿Por qué adoptaste estos dos géneros musicales tan diferentes entre sí para la historia?

Incluso también aparece la copla. Y otros géneros. En principio estaba intentando sintonizar una banda sonora de los personajes, ver músicas y ritmos que se filtraran en su habla, en sus pensamientos, y eso dio lugar poco a poco a esa variedad. Algunas canciones y referencias son más acompañamiento, otras, como la copla para Costa o la salsa y sus variantes para Kimberly, son definitorias. La novela tiene al final una lista de reproducción que funciona a modo de banda sonora.
Como buena novela negra, La habitación de las niñas aborda cuestiones de rabiosa actualidad, desde la desprotección de la infancia hasta las nefastas consecuencias de la ludopatía, la adicción a las drogas, la tentación del dinero fácil, la corrupción a todos los niveles, luchas entre mafias… ¿Te preocupan estos temas?
La novela negra ha sido desde siempre un vehículo para poner sobre la mesa temas espinosos. No creo en la literatura que tiene como fin único la denuncia, pero creo que la novela negra siempre ha servido para eso, y quizá es algo que se está perdiendo en las nuevas modas del género. Considero importante que aparezcan los temas difíciles y feos. No pretendo ponerme dostoievskiano, pero el mal existe, siempre ha existido, siempre va a haber tentaciones y gente que se corrompa, y deben estar en las ficciones si quieren reflejar con cierta solvencia el mundo.
Tu vertiente cinéfila aflora en tu novela. ¿Podrías recomendarnos cinco películas favoritas?
Empecé a escribirla apoyándome en una estructura casi de guion cinematográfico, por organizar la cabeza y verla como escenas. Luego, como te comentaba, todo eso lo desmonté y lo cambié y en algunos casos lo modifiqué totalmente. Pero se quedó seguramente ese sustrato y creo que la novela resulta visual, trepidante y cinematográfica. Películas favoritas tengo cientos, y creo que puede ser más útil que nombre algunas que estaban en mi cabeza durante la escritura, que revisioné para acompañarme. Gloria se llama así en homenaje a Gloria (1980), de John Cassavetes. Cassavetes hizo esta película e hizo El asesinato de un corredor de apuestas chino (1976) casi a regañadientes. Él era y se veía como un artista puro, y esto de que le hicieran encargos y además de pelis de género lo llevaba fatal, y sin embargo acabó construyendo dos obras muy personales, que son reconociblemente suyas y a la vez son thrillers. Yo buscaba una textura parecida. Otra peli que tuve muy presente fue La huida (1972), de Sam Peckinpah, que está basada en una novela de Jim Thompson. La segunda parte de la novela es una huida, hasta que Germán y Gloria (y Kimberly) se dan cuenta de que no pueden huir para siempre. Y me hacía gracia la idea de ese Germán un poco gris comparado con el Steve McQueen de la película, que siempre va de guapo y molón. Me gusta mucho el cine americano de los setenta, como se ve, y esa línea entre lo comercial y lo autoral que consiguieron algunos directores. Cerraría las referencias con dos películas menos conocidas que las anteriores, la primera es Los amigos de Eddie Coyle (1973), de Peter Yates, y Wanda (1970), de Barbara Loden. Son dos películas en las que hay un retrato del mundo marginal sin romanticismo, muy real. Un aire de derrota, con mirada femenina muy potente en el caso de Wanda, y con Robert Mitchum, que siempre es el actor ideal cuando se trata de mirar de manera triste al mundo, en la primera.

¿Tendrá continuación La habitación de las niñas con personajes tan potentes como Germán Calderari, su sobrina Gloria, y la imprevisible Kimberly? ¿Nos cuentas tus proyectos de futuro?
Pues la verdad es que no me lo había planteado. ¿Tú crees que podría funcionar? La verdad es que quedan hilos de los que tirar, ese negocio final en el que se mete Kimberly (sin desvelar más detalles), Gloria tendrá que crecer, nunca faltarán problemas, Germán podría comprender que tiene que estar más atento al mundo y tratar de ayudar un poco más al prójimo. Habría opciones. Pero de momento no estoy en eso. La verdad es que llevo unas semanas escribiendo lo que parece que podría ser otra novela negra, en este caso contemporánea, pero con personajes también tomados de los márgenes. De momento el proceso es divertido y llevo unos cuantos capítulos y está tomando forma, pero quedan muchos meses por delante para ver si prospera. Y estoy trabajando en un libro infantil, me gustaría poder tener algo infantil publicado antes de que mis hijos se hagan mayores. Me lo estoy pasando muy bien con la idea que manejo, es de misterio y con un personaje muy excéntrico al mando. Y también tengo cuentos sobre la mesa de trabajo, por supuesto. No se puede evitar cuando uno es un cuentista.
¡Te deseamos mucha suerte en todos tus proyectos!